Quiero ser monje

¿En qué consiste la vida monástica?

Decía el Papa Juan Pablo Magno en su visita a España en el año 1982: “La vida contemplativa ha ocupado y seguirá ocupando un puesto de honor en la Iglesia. Es necesario mostrar con claridad los valores auténticos y absolutos del Evangelio en un mundo que exalta frecuentemente lo relativo y corre el peligro de perder el sentido de lo divino, ahogado por la excesiva valoración de lo material, de lo pasajero, que ignora el gozo del espíritu”.

La vida monástica se explica en el contexto o como parte de la vida religiosa, es decir, la vida de aquellos que buscan consagrarse a Dios mediante la profesión de los consejos evangélicos (votos de pobreza, castidad y obediencia), imitando el modo de vivir y de actuar de Nuestro Señor Jesucristo, buscando la perfección de la caridad.

Toda forma de vida religiosa tiene como fin la unión del alma con Dios, de donde se puede afirmar que la dimensión contemplativa es constitutiva de todas las formas de vida consagrada, aunque no en todas se busque este fin del mismo modo. En este sentido es que se habla de Vida contemplativa, para indicar aquella en la cual se busca a Dios de modo directo y total; y de Vida apostólica, para señalar aquella en la cual se sirve a Dios en las diferentes actividades pastorales, en la atención al prójimo y el trabajo por las almas.

Y así, hay algunos que, además de la profesión de los consejos evangélicos, renuncian a su presencia en medio de sus hermanos, o a una obra concreta de apostolado. Son los monjes, que se dedican a una vida puramente contemplativa, por el ejercicio continuado del silencio y la oración, buscando de ese modo emplear todas sus fuerzas y todo su tiempo en la búsqueda de Dios.

¿Cómo es la vida de un monje?

Decía el Papa Pablo VI, que la Iglesia y el mundo necesitan de “una pequeña sociedad ideal en la cual reina por fin el amor, la obediencia, la inocencia, la independencia de las cosas y el arte de usar bien de ellas, el predominio del espíritu, la paz; en una palabra, el Evangelio”. Esta sociedad ideal queremos que se plasme en las comunidades de vida monástica.

Dice nuestro Directorio (12): “El seguimiento de Cristo en la vida dedicada a la contemplación encierra: un deseo ardiente de conocerlo y amarlo en la oración, de practicar virtudes heroicas para asemejarse más a Él, que todo lo ha hecho bien (Mc 7,37); y un amor entrañable a las almas por quienes Cristo derramó su sangre”. A este fin, el día de nuestras comunidades monásticas, se constituye fundamentalmente en tres momentos fuertes: la oración, el trabajo y el estudio.

La Oración

Dice el Directorio de Vida contemplativa (44-45): “La contemplación de las cosas divinas y la unión asidua con Dios en la oración debe ser el primer y principal deber de todos los religiosos”. Esta fue la exhortación del mismo Jesucristo a sus discípulos: Orad siempre sin desfallecer (Lc 18,1), y la de San Pablo: Orad constantemente (1 Tes 5,17). Si la oración es el primer deber de todo religioso, particularmente lo es para el monje, que debe ocupar toda su vida en ella. Es preciso no solamente atenerse a diferentes maneras y tiempos de oración, sino alcanzar una auténtica actitud orante, que es como un desfondarse del alma en Dios. El monje no debe olvidar el elogio que el Señor dirigió a aquella que, renunciando a toda otra actividad, se dedicaba a contemplarlo: María ha elegido la mejor parte que no le será quitada (Lc 10,42).

La Eucaristía es la cumbre y centro de la vida del monje, por lo que la participación en el acto litúrgico por excelencia, que es la Santa Misa, será la primera obligación del monje, así como la adoración al Santísimo Sacramento. También ocupa un lugar especialísimo la celebración del Oficio Divino. De este modo, la oración en el monasterio no se limita a actos aislados en los tiempos dedicados a ella, sino que se convierte en un acto de continua alabanza a Dios.

El trabajo es una de las leyes de la naturaleza. Después que Dios creó al hombre, lo colocó en el jardín del Edén para que lo guardase y lo cultivase (Gn 2,15). Cristo al asumir todo lo humano quiso someterse a esta ley del trabajo. La obra de la salvación se ha realizado por el sufrimiento y la muerte en la cruz, de modo que el trabajo adquiere por esto una nueva significación, un nuevo sentido.

La búsqueda de Dios tras las huellas de Cristo implica la obligación de unir la oración litúrgica y privada al trabajo manual e intelectual. Cualquiera fuese el tipo de trabajo a realizar, el monje tendrá siempre presente la finalidad principal: la unión con Dios. El trabajo, pues, ha de ser verdadero medio de contemplación.

El trabajo

El estudio

Otra actividad propia y tradicional de los monjes es la dedicación al estudio, ya que seguir a Cristo como Suma Verdad significa aplicar la inteligencia para más conocerlo, pues la riqueza que se encuentra en Cristo es inagotable. Este es el fundamento de la formación intelectual de los monjes, ya que, sólo con el estudio perseverante se puede alcanzar la Sabiduría con la cual vienen todos los bienes: y yo me regocijé con todos estos bienes porque la Sabiduría los trae (Sab 7,12).

Para un religioso contemplativo, el estudio debe ser el alimento de la oración y la oración luz para su estudio; y ambas actividades se elevarán en un solo canto de alabanza a Dios: Grandes son las obras de Dios, meditadas por los que en ellas se complacen (Sal 110,2).

Todas las dichas actividades son realizadas en un ambiente de silencio y soledad. El monje ha abrazado la vida contemplativa para tratar a solas con Dios en el silencio. El silencio, por lo tanto, es una necesidad del alma contemplativa, que manifiesta de la manera más profunda que en presencia de Dios no hay nada más que decir.

San Pablo VI dice que “un silencio que fuese solamente ausencia de ruidos y palabras, en el cual no pudiera templarse el alma, estaría evidentemente privado de todo valor espiritual… La búsqueda de la intimidad con Dios lleva consigo la necesidad verdaderamente vital de un silencio de todo el ser”. Es decir, el silencio es para encontrar a Dios, haciendo cesar todo ruido que pueda apartar de Él. Jesucristo es la Palabra que el monje debe escuchar.

La soledad y el silencio

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