Nuestros Patronos

Mártires del Pueyo

Por diferentes caminos la Providencia fue preparando para nosotros este patronazgo. Desde 1992 tuvimos muy presente el ejemplo de otros mártires, los 51 claretianos de Barbastro, beatificados ese año por san Juan Pablo II, que los dijo “un seminario entero mártir”. Estos jóvenes testigos fueron nombrados co-patronos de la casa madre del Instituto, el Seminario “María, Madre del Verbo Encarnado”, en San Rafael, Argentina; su bandera e ideal se hicieron nuestros, y en el crisol de nuestra primera formación se nos familiarizó con el nombre eminentemente martirial de esta ciudad aragonesa (que Juan Pablo Magno llamó “tierra de santos”), como un santo y seña del deseo de donación hasta la entrega de la vida. Ciertamente esto ha marcado, y todavía marca, el alma de todos los miembros de nuestro Instituto, en especial de los que se están formando.

En el año 2009 el obispo don Alfonso Milián Sorribas nos pidió que fundásemos en Barbastro una comunidad de vida contemplativa que atendiese el Santuario mariano de nuestra Señora de El Pueyo, patrona de la ciudad. La misión incluía no solamente la custodia de la casa de la Virgen, sino también del testimonio de los benedictinos mártires, que vivieron y se santificaron en El Pueyo y fueron compañeros de prisión de los claretianos y de otros más, hasta la entrega de su vida en homenaje a Cristo durante la persecución de 1936 en España. Desde la fundación de nuestro monasterio en El Pueyo estos monjes, sacrificados por su fidelidad a la vida monástica, fueron modelos e intercesores para nosotros.

Pasados algunos años, en 2013, se pudo concretar lo que era un antiguo proyecto del Gobierno general del Instituto: contar con una casa de formación para nuestros seminaristas monjes. El lugar elegido para emprender este proyecto fue El Pueyo. Y esta obra coincidió, por providencial designio, con el decreto pontificio de la autenticidad del martirio de los monjes benedictinos y la preparación a su beatificación, para la cual muchos habían trabajado esforzadamente, entre los cuales los monjes benedictinos de Leyre. Toda la etapa previa a la llegada de los primeros estudiantes monjes a El Pueyo estuvo dominada por los trabajos importantes que en el Santuario se hicieron en orden a las ceremonias por la glorificación de los mártires benedictinos, particularmente la remodelación del presbiterio y construcción de un nuevo altar que albergue sus reliquias, y la preparación de esas mismas reliquias para una mejor conservación. En las vísperas de la Virgen del Pilar llegaron al monasterio los dos primeros seminaristas que venían a formarse allí, y al día siguiente, 13 de octubre, tuvo lugar en Tarragona la beatificación de nuestros mártires, junto con otros muchos de la misma persecución. Dos semanas después, 26 y 27 de octubre, se realizaron los actos conmemorativos en El Pueyo, con la procesión de las reliquias al santuario, y la consagración del altar.

Dios quiso, de esta forma, que el valor y la entereza de los mártires benedictinos signasen los inicios de esta casa de formación, por donde pasan todos nuestros estudiantes monjes. Su testimonio viene de continuo a nuestra alma por la presencia de sus reliquias bajo el altar principal en que se celebra todos los días la Misa; por el coro del santuario, en que diariamente ejercitaron ellos y ejercitamos nosotros el oficio divino; por el rostro de la Virgen Reina de El Pueyo, que miraron ellos para enamorarse todos los días de su vida, como queremos también hacer nosotros. El ejemplo de estos benedictinos mártires es una guía para todos los monjes del Instituto del Verbo Encarnado, porque ellos se forjaron para el testimonio entero con la cotidianeidad de su vida entregada, con el esfuerzo continuo de nada anteponer a Cristo, con la marianización de su vida que les enseñó a marianizar también la muerte. «Aquí vinimos para hacer a Dios entrega de nuestras vidas» –dijo, en momentos decisivos, el beato Honorato Suárez, subprior de la comunidad– «lo mismo da sea una u otra la forma en que hayamos de hacerlo. La vida monástica es martirio continuo. Si nos prenden y martirizan no cambia mucho si no es en mayor gloria y seguro premio».

En definitiva, estos mártires son un recuerdo continuo de que el martirio se hace cada día, y de que no en otra cosa consiste esta vida monástica que nos esforzamos por vivir cada vez con mayor perfección. Porque, como enseña muy bien san Juan de la Cruz, el martirio consiste esencialmente no tanto en una determinada manera de muerte, sino en “hacer a Dios aquel servicio de mártir y ejercitar el amor por él como mártir. Porque aquella manera de morir, por sí no vale nada sin este amor”.